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Ruslán Y Liudmila TERCERO

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Приветствую Вас, Гость · RSS 25.09.2017, 18:16



 Carta de Todos los Mundos

Ruslán Y Liudmila CANTO PRIMERO

CANTO SEGUNDO
CANTO TERCERO
 
 
Ya  la mañana —mañana muy  fría— empieza a  iluminar  las oscuras cimas de  los montes, 
pero  el  castillo  encantado permanece  aún  silencioso. Chernomor, presa de  una  ira que no
puede ocultar, yace en la cama, envuelto en su bata y sin su gorro, y resopla enfurecido. Sus
callados servidores se mueven en torno a su barba blanca,  en cuyos pelos ondulados intenta
poner orden un peine de marfil. Al propio tiempo, y para mayor eficacia y belleza, vierten
sobre sus  infinitos bigotes aromas orientales.  Empiezan ya a ponerse en orden sus  rizados
bucles,  cuando  entra de  súbito por  la  ventana  una  serpiente  voladora,  haciendo  sonar  sus
escamas de hierro, que se enroscan en ágiles nudos. Y acto seguido, ante el asombro de los
servidores, se transforma en una mujer, en Naína. 
—Te saludo, querido compañero —dice ella—. Hasta ahora sólo por  la  fama de su nombre
conocía  a  Chernomor.  Pero  un  destino  fatal  nos  une  en  el  odio  común  que  alienta  en
nuestro pecho. Te amenaza un peligro: negros nubarrones se ciernen sobre tu cabeza; y a mí
me arrastra mi honor ofendido, impulsándome a la venganza. 
El  enano  astuto  le  tiende  la  mano  y  recibe  la  de  ella  con  una  mirada  llena  de  falsa
adulación:
—¡Oh,  divina  Naína!  Muy  preciosa  es  para  mí  tu  alianza.   Puedes  estar  segura  de  que
habremos de  reírnos de  las astucias del  finlandés. Por  lo demás no me  inspiran  temor sus
manejos; es un adversario débil para mí. Para que me comprendas voy a explicarte en qué
consiste la fuerza milagrosa con que me dotó el destino. Mientras la espada del enemigo no
consiga cortar mis barbas,  ningún guerrero, por valeroso que sea, ni mortal alguno, podrá
nada  contra mis proyectos  y deseos; Liudmila permanecerá  aquí para  siempre;  y  Ruslán
está destinado a perecer. 
 
La bruja repite sombríamente:
—¡Perecerá! ¡Perecerá!
Y al decir esto, lanza por tres veces un ronco grito, tres veces golpea el suelo y, volviendo a
convertirse en una serpiente negra, desaparece volando. 
 
 
 
Vestido con su manto de brocado y oro, el hechicero, animado por  las palabras de  la bruja, 
ha decidido depositar a los pies de su joven prisionera sus bigotes, en prueba de sumisión y
de  amor.  El  barbudo  enano  se  dirige  ricamente  ataviado  a  los  aposentos  de  la  princesa
pasando por una larga hilera de estancias. Pero no encuentra allí a la muchacha. Se dirige al
jardín,  y de allí al bosquecillo de  laureles, bordea el  lago, mira junto a  la cascada, bajo el
puente, en los pabellones... La princesa ha desaparecido sin dejar huellas. 
¿Quién  podría  expresar  su  sorpresa,  su  indignación  y  su  ira  encendida?  Perdiendo  la
cabeza, lanza el enano un alarido salvaje:
—¡A mí, a mí! ¡Acudid, siervos! ¡Encontradme  inmediatamente a Liudmila! ¡Obedecedme
en el acto! ¡De lo contrario voy a ahorcaros a todos con mis propias barbas! 
Voy a decirte ahora, lector, dónde se encontraba la linda muchacha. 
Durante  toda  la  noche,  unas  veces  llorando  y  otras  riendo,  no  había  podido  menos  de
asombrarse ante  lo extraño de su suerte. La barba del hechicero  la había asustado. Pero ya
conocía  a Chernomor,  que  le  había parecido  ridículo;  y  todos  sabemos muy bien que  lo
ridículo  está  reñido  con  lo  espantoso. Sólo para  ir  al  encuentro de  los  rayos matinales  se
levantó  Liudmila  de  la  cama,  y  entonces  se  fijó  involuntariamente  en  los  grandes  y
límpidos  espejos  que  en  la  habitación  había.  Instintivamente  empezó  a  arreglarse  con
negligencia  sus  dorados  cabellos,  que  le  caían  sobre  los  hombros  en  largas  trenzas,  y
descubrió  sus  vestidos  del  día  anterior,  que  estaban  en  un  rincón.  Vistióse  la  muchacha
suspirando y hasta  llegó a  llorar. Pero aun en medio del  llanto no dejaba de lanzar miradas
al espejo; y sucedió que, entre el tumulto de  ideas que pasaban por su mente, se  le ocurrió
la de probarse  el  gorro puntiagudo de Chernomor.  Todo parecía quieto  y  nadie  la podía
ver...  Además ¿ qué gorro no  le  iría bien a una muchacha de diecisiete años? Las mujeres
nunca se cansan de ataviarse. Liudmila empezó, pues, a manejar el gorro ladeándolo ya a la
derecha, ya  a  la  izquierda,  hundiéndoselo hasta  las cejas o probándoselo al revés.  ¡Y aquí
 
vino  lo maravilloso! Liudmila desapareció del espejo; y volvió a  aparecer en él cuando se
puso bien el gorro. Intentó ponérselo al revés y volvió a desaparecer. 
—¡Qué bien! —exclamó ella—. ¡Qué contenta estoy, hechicero mío! Ahora ya no te tengo
miedo y me siento aquí en la mayor seguridad. 
Y  al decir  esto  la princesa,  encendida de  alegría,   se puso  el  gorro del malvado brujo  al
revés. 
 

 
Pero  volvamos  a  nuestro  héroe.  Porque  ¿no  es  vergonzoso  que  nos  ocupemos  con  tal
atención de  un gorro y de  una barba, mientras dejamos  abandonado  a Ruslán  a  su propia
suerte?
Después de su combate con Rogday,  internóse Ruslán en un bosque  frondoso. Al cabo de
un  rato  surgió  ante  sus  ojos  un  gran  valle  iluminado  por  la  primera  claridad  del  alba. 
Nuestro guerrero quedó sorprendido, y en verdad que  tenía para ello razón:  el valle había
sido campo de una antigua batalla; todo,  hasta la lejanía, aparecía completamente desierto y
sembrado de  huesos  amarillentos; por doquier  se  veían  corazas,   adargas,   arneses...;  aquí
una mano de esqueleto que empuñaba todavía una espada llena de herrumbre; allí, entre las
hierbas, un casco en el cual se pudría un viejo cráneo...;  más allá los restos de un héroe y, al
lado,  los de  su  corcel,  rodeados de  flechas  y  lanzas,  hundidas  en  la  tierra  y  cubiertas de
plantas trepadoras. Nadie  turba el silencio de aquel desierto y únicamente el sol abrasa con
sus rayos aquel valle de muerte. 
El guerrero lo contempla todo, suspirando. 
—¡Oh,  campo!  ¿De quién  fueron  los  huesos que  te  cubren?  ¿A qué  héroe perteneció  el
caballo que  te pisó en el último momento de  la sangrienta  lucha? ¿Qué guerrero sucumbió
aquí gloriosamente? ¿De quién fueron las últimas plegarias que escuchó el Cielo? ¿Por qué, 
¡oh,  campo!, permaneces  silencioso y  cubierto por  el musgo del olvido?  ¡Acaso no  halle
salida yo  tampoco y no pueda evitar  las eternas tinieblas!  ¡Quién sabe si en aquella colina
no irán a enterrar el ataúd de Ruslán!
Pero nuestro  guerrero  recuerda pronto que  a un  héroe  le hace  falta una  espada y  también
una coraza; y él, después de su último encuentro, ha quedado desarmado. 
 
Inmediatamente se pone a buscar armas,  creyendo poder  encontrarlas entre  los arbustos y
montones de podridos  huesos,  entre  las  corazas  y  los  cascos destrozados.  Entre  tanto,  el
campo  entero  parece  revivir  y  se  oyen  sones  y  crujidos...  Ruslán  levanta  del  suelo  una
adarga y después una coraza, la primera que ve. Encuentra además un cuerno, pero no logra
dar con ninguna espada, pues todas son o demasiado ligeras o cortas en exceso; y es preciso
saber que  el príncipe  era  un  joven  robusto,  en  nada parecido  a  los  guerreros de  nuestros
tiempos. 
Para tener algo en la mano escogió una lanza, púsose  la coraza y prosiguió su camino. 
 

 
Sobre la tierra adormecida palidece ya la aurora,  cae una azulada niebla y aparece la blanca
luna. Oscurécense  los  campos.  Ruslán  camina pensativo por  un  sombrío  sendero  y  en  la
lejanía, a  través de  la bruma, divisa una oscura colina. No tarda en advertir que de ella se
escapa un ronco rugido. Se acerca un poco más y ve entonces que  la mágica colina parece
moverse y respirar. 
Ruslán  la examina pacientemente con  la mayor atención, pero su caballo  se asusta, mueve
las orejas, tiembla y quiere retroceder; agita la cabeza y se le erizan las crines. 
De pronto  la  luna, despejada por completo,  ilumina a  través de  la bruma  la extraña colina. 
El guerrero mira y contempla algo sorprendente. No sé si encontraré palabras y colores para
describirlo... 
Ante  él  se  yergue  una Cabeza,  una  cabeza  viva. Sus ojos  están  cerrados  y duermen.  La
Cabeza  emite  un  son  ronco,  y  agita  el  plumaje  que  lleva  en  el  casco;  las  plumas,  al
moverse, proyectan  grandes  sombras. Y  entonces  la Cabeza  aparece  con  toda  su  horrible
belleza en  la extensión de  la estepa oscura,  destacándose como temible guardián de aquel
desierto silencioso. Surge amenazadora, algo velada por ligeras nubes. 
Ruslán  la  mira  indeciso,  se  acerca  más  aún,  da  una  vuelta  en  torno  a  ella  y,  deseando
despertarla  de  su  profundo  sueño,  se  para  ante  sus  narices  y  le  hace  cosquillas
introduciendo en ellas la lanza. 
La Cabeza hace una mueca, arruga la frente, bosteza, abre los ojos... y estornuda. 
 
Sopla entonces un viento huracanado; el campo se estremece, se levanta una nube de polvo. 
De  cejas,  bigotes  y  orejas  salen  volando  manadas  de  buhos.  Se  despiertan  los  bosques
silenciosos... 
A  causa  del  estornudo  el  caballo  de  Ruslán  se  encabrita  relinchando,   y  salta  con  tal
violencia, que a duras penas puede sostenerse el guerrero sobre la silla. 
En aquel momento se deja oír la voz de la Cabeza: 
—¿A dónde vas,  imprudente guerrero? ¡Vuelve atrás! ¿O no sabes que no  tolero bromas y
que me tragaré al osado que quiera jugar conmigo?
Ruslán la mira con desprecio, detiene el caballo y sonríe lleno de arrogancia. 
—¿Qué quieres de mí? —prosigue la Cabeza—. ¡Qué extraño visitante me envía el destino!
E, indignándose, le grita:
—¡Fuera de aquí! Es de noche y quiero dormir. ¡Márchate! 
Pero  el  valiente  guerrero,  al  oír  tan  descorteses  palabras,  e  indignándose  a  su  vez,  le
contesta:
—¡Cállate, cráneo vacío! Sé de un proverbio que dice: "Frente grande,  pocos! sesos" y otro
conozco aún que dice así: "Voy con cuidado, pero no doy cuartel al quien me planta cara". 
Enmudece entonces  la Cabeza y tórnase roja de  furor;  lanzan  fuego sus ojos quel  se  llenan
de sangre; sus labios tiemblan y se cubren de espuma; de su boca y de sus oídos se escapan
nubes de vapor; y con tremenda violencia sopla sobre el príncipe. 
En vano procura el caballo  resistir haciendo  frente a  la  tromba con su pecho; es arrastrado
por un huracán mezclado con  lluvia y queda rodeado de  tinieblas.  Cegado, atemorizado y
sin fuerzas,  corre al campo traviesa, sin encontrar el camino, con la esperanza de salvarse y
de descansar lejos de allí. 
Pero el guerrero lo obliga a regresar. 
Y les aguarda la misma suerte; otra vez es rechazado el guerrero.  Pierde ya la esperanza de
triunfar. 
Mientras tanto, la Cabeza se burla de él riendo a carcajadas. 
 
—¡Ja, ja! ¡Vaya un héroe! ¡Vaya un guerrero!... ¡Eh! ¿A dónde vas  tan aprisa? ¡Aguarda!
¡Párate! ¡Sé valiente, buen guerrero, e  intenta cuando menos alcanzarme con tu  lanza antes
de que se te muera el caballo!
Y al decir esto, le enseña burlonamente su horrible lengua. 
Ruslán,  profundamente  ofendido,  pero  no  dejando  traslucir  su  indignación,  primero  la
amenaza  blandiendo  la  lanza  sin  decir  palabra,  y  luego,  escogiendo  un  momento  que  le
parece propicio, la arroja con gran fuerza. El arma tiembla, vuela y se hunde en la lengua de
la que sale en el acto un torrente de sangre. 
La Cabeza,  sorprendida y atormentada por un inmenso dolor, pierde su anterior arrogancia, 
mira con asombro al intrépido guerrero y palidece de rabia mordiendo el hierro de la lanza. 
Aprovechando  la ocasión, nuestro valiente guerrero salta como un azor hacia  la Cabeza, y
con su diestra poderosa, armada con el guante de hierro, le da un tremendo bofetón. 
El eco  repite el golpe, que  resuena por toda  la amplitud de  la estepa. La  sangre mancha  la
hierba en torno a la Cabeza, que se tambalea y rueda, haciendo sonar con estrépito su casco. 
Entonces,  en  el  lugar  que  ocupaba  aquélla,  ve  el  guerrero  una  enorme  espada.  La  coge
sonriendo y  se precipita sobre  la Cabeza con  la terrible  intención de cortarle  la nariz y  las
orejas. 
Ya levanta la mano. La espada centellea. 
Pero se para al oír el gemido lastimero y suplicante de la Cabeza. 
Baja la espada. Desaparecen su ira y su afán vengativo, ablandados por la súplica. 
Así se derrite el hielo en los campos bajo el sol del mediodía. 
 

 
—Tu mano,  ¡oh héroe!, me ha hecho comprender —dijo  la Cabeza,  suspirando— que soy
culpable  ante  ti.  Desde  ahora  me  someto,  pues,  a  tu  voluntad.  ¡Pero  sé¡  magnánimo, 
guerrero! Mi suerte merece, en verdad, tu compasión.
 
En mis tiempos yo también  fui un guerrero valeroso, y  jamás encontré quien me  superara
en las batallas. Y hoy seguiría siendo feliz si no hubiera tenido un rival en la persona de mi
hermano menor.  ¡Oh.  sanguinario  y  vengativo Chernomor!  ¡Tú  eres  el  culpable de  todas
mis desdichas! ¡Tú que naciste enano y con una barba descomunal, has sido la deshonra de
toda nuestra familia!
Desde pequeño sintióse él envidioso de mi gigantesca estatura y por ello me empezó a odiar
desde  la  infancia. Yo era grande, pero en extremo confiado; y aquel  infeliz, a pesar de su
ridícula pequeñez, pues se trataba de un auténtico enano, era listo como el propio diablo. 
Debes  saber,  además,  que  toda  su  fuerza  reside  en  su  barba  milagrosa,  y  desdeña  los
peligros  porque  sabe  el  malvado  que  a  nadie  puede  temer  mientras  conserve  intacta  su
barba. 
Pero una vez, fingiéndome amistad, me dijo:
"Oye, no me niegues un  favor. He descubierto en unos  libros que  tras unas montañas, allá
en Oriente, en  las apacibles orillas del mar, y guardada tras pesados cerroios, en un sótano
oscuro, hay una espada.  Pues bien:  las  líneas secretas de aquel  libro me han revelado que
dicha  espada  nos debe  ser  fatal por designio del  cielo,  y que por  ella  hemos de perecer, 
cortándome a mí  la barba y a ti  la cabeza. Y con esto puedes ya comprender  lo  importante
que es para nosotros apoderarnos de este engendro de los espíritus malignos."
"Bueno", dije  yo  al  enano,  "no  veo  en  ello  inconveniente  ni dificultad  alguna. Me  tienes
dispuesto a hacerlo. ¡Iré a buscarla hasta el fin del mundo si es preciso!"
Arranqué un pino,  me  lo cargué sobre uno de mis hombros, e hice sentarse a mi hermano
sobre el otro, para que me pudiera servir de consejero. 
Así  emprendí  la marcha. Al principio  todo  fue bien, gracias  a Dios,  a pesar de  los malos
augurios.  En efecto,  tras  las  lejanas montañas,  descubrimos el sótano en cuestión. Excavé
en él con mis manos y encontré la espada allí escondida. 
Pero —y aquello estaba escrito ya— surgió entre nosotros una disputa, cuyo motivo era el
siguiente: ¿Quién debía quedarse con la espada?
Yo persuadía,  mi hermano se indignaba,  y así discutimos largo rato.  Pero por fin inventó el
muy astuto una celada y fingió calmarse. 
"Dejemos de discutir  inútilmente",  me dijo,   lleno de  gravedad Chernomor,  "discutiendo, 
lograremos sólo debilitar nuestra alianza. La razón nos aconseja que vivamos en paz. Así es
que mejor  será que  lo  sometamos  todo  a  la  suerte, para que  ésta decida  a  cual de  los dos
 
debe pertenecer  la espada. Vamos a echarnos, pues, en  tierra y a escuchar pegando el oído
al suelo  (¡qué cosa no es capaz de  inventar el odio!) y el que primeramente oiga un ruido, 
aquél será dueño de la espada hasta su muerte". 
Y dicho esto se echó a tierra. Y yo, ¡tonto de mí!, imité su ejemplo. 
Permanezco echado, pero no oigo nada, aunque empiezo a pensar en engañarle. 
¡Pero el engañado fui yo! El enano se  levantó y se acercó a mí de puntillas sin hacer ruido. 
Brilló  en  lo  alto  la  afilada  espada  y  antes  de  que  pudiera  volverme,  rodó  mi  cabeza, 
separada de mis hombros. Pero una fuerza mágica conservó la vida a mi cabeza. 
El  resto  de  mi  cuerpo  se  quedó  allí,  entretejido  con  hierbas  y  olvidado  del  mundo, 
descomponiéndose tal vez sin recibir sepultura. 
Mi  cabeza  fue  trasladada  por  el  enano  a  este  país  solitario,  en  el  que,  por  designio  del
destino, debía yo guardar eternamente la espada que acabas de coger. 
¡Oh, guerrero!  ¡Que  la suerte te proteja! ¡Guárdatela y que Dios te ayude! ¡Quién sabe si
surgirá en tu camino el brujo enano!
Pero si te topas con él, no dejes de vengarme por la mala acción que cometió. 
Entonces  quedaré  satisfecho,  podré  abandonar  ya  tranquilo  este  mundo  y  mi
agradecimiento será tan grande que me hará olvidar tu bofetón. 

CANTO CUARTO
ООВГ - ΣΔΜΑ