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Ruslán Y Liudmila SEGUNDO

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Приветствую Вас, Гость · RSS 27.07.2017, 11:45


 Carta de Todos los Mundos

Ruslán Y Liudmila CANTO PRIMERO

CANTO SEGUNDO

 
El  indómito  Rogday que,  lleno de  un presentimiento  inexplicable,  se  había dirigido  a  un
país  desierto,  dejando  a  sus  compañeros,  cabalgaba  ahora  meditabundo  entre  selvas
solitarias, y el espíritu maligno no dejaba de turbar un solo instante su alma entristecida. 
Marchaba el guerrero, sombrío y malhumorado, murmurando constantemente: 
—¡Combatiré  y  mataré!  ¡Venceré  todos  los  obstáculos  que  salgan  a  mi  paso!...  ¡Sabrás
quien soy, Ruslán! ¡Y entonces podrá prorrumpir en llanto la doncella! 
Y dando una súbita vuelta, regresó cabalgando por el mismo camino. 
Aquella mañana  el  intrépido Farlaf, después de  un  largo  y muy  tranquilo  sueño dormido
cerca de  un  arroyo,  huyendo de  los  rayos del  sol,  almorzaba,  en  completa  soledad, para
reponer sus fuerzas. 
De pronto ve cómo vuela por el campo, semejante a la tormenta, un jinete desconocido. Sin
perder  tiempo,  Farlaf  abandona  la  comida,  el  casco,  la  coraza  y  los  guantes  y,  saltando
sobre el caballo, huye al galope. 
Pero el otro le persigue:
—¡Detente!  ¡Villano!  ¡Cobarde! —le grita  el desconocido—.  ¡Espera!  ¡Quiero  cortarte  la
cabeza!
Farlaf  reconoce  la voz de Rogday y  se estremece;  tiembla y espolea más aún a su caballo. 
Así corre la liebre, con las orejas tiesas, a través de campos y bosques, huyendo del perro. 
El  terreno por el cual  cabalgaba Farlaf, estaba cruzado por turbios arroyos, producidos por
el deshielo primaveral. Su  caballo veloz  tropezó  con  un  foso, pero  agitando  la  cola  y  las
blancas  crines, saltó y venció  el obstáculo. Mas el cobarde jinete cayó pesadamente en el
fango del foso con los pies al aire; y, confundiendo tierra y cielo, aguardó la muerte. 
Rogday se acercó blandiendo su espada. 
—¡Muere, cobarde! —exclamó. 
Pero  al  reconocer  a Farlaf,  sus brazos  cayeron  a  lo  largo del  cuerpo. Su mirada  expresó
desconcierto y desdén. Y nuestro héroe Rogday se apresuró a alejarse del foso. 
Se sentía irritado y al propio tiempo no podía menos de reírse de sí mismo. 
 
Poco después encontró en  el camino  a una anciana de  larga cabellera canosa jorobada por
más  señas.  La  vieja  apenas  podía  caminar,  pero,  no  obstante,  señaló  con  el  bastón  la
dirección del norte y le dijo:
—¡Por allí le encontrarás!
Y Rogday,  lleno de alegría, voló hacia el norte, sin saber que volaba tal vez hacia la muerte. 
 

 
¿Y Farlaf? ¿Qué hace Farlaf?
Pues Farlaf  se  ha quedado  en  el  foso,  sin  atreverse  a  respirar de  nuevo, preguntándose  si
aún vive o no y cavilando sobre la dirección que habría tomado su adversario. 
Oye de pronto la voz cascada de una anciana que le habla desde arriba: 
—¡Levántate,   mancebo!  En  el  campo  reina  la  calma.   Te  traigo  el  caballo.  Levántate  y
escúchame. 
Turbado, abandona el guerrero el enfangado foso, mira con recelo a todas partes y, animado
ya y respirando por fin libremente, exclama:
—¡Gracias a Dios, estoy sano y salvo!
—Está bien —prosigue  la vieja—. Pero debes saber que encontrar a Liudmila es cosa más
que difícil.  Está muy lejos. Y ni tú ni yo daremos con ella. Además es sumamente peligroso
andar  errante  por  el  mundo.  Créeme,  mejor  harás  siguiendo  mi  consejo;  regresa
tranquilamente  a  tu  propiedad  de  Kiev,  y  descansa  allí  sin  preocuparte.  A  Liudmila  la
encontrarán sin nuestra ayuda. 
Dicho esto, la vieja desapareció. 
Por  ser  nuestro  héroe  muy  prudente,  púsose  acto  seguido  en  camino  hacia  su  casa, 
renunciando a la gloria y llegando hasta a olvidar a la joven y hermosa princesa. Y cabalgó, 
asustándose por el menor rumor del bosque, por el vuelo de un pájaro o por el murmullo de
un arroyo. 
 
 

 
Entre  tanto,  Ruslán  estaba  muy  lejos  de  allí,   atravesando  selvas  o  galopando  por  los
campos, con el pensamiento fijo en Liudmila, su única alegría. 
—¡Ay, querida compañera! ¿Dónde estás? ¡Si yo pudiera encontrarte,  esposa fie l!... ¡Quién
sabe si no volveré a contemplar ya más  tus hermosos ojos ni a oír tu dulce voz!... ¿ Querrá
el  destino  que  permanezcas  para  siempre  prisionera  del  hechicero  y  que  languidezcas
marchitándote en  tu prisión? ¿O me encontrará uno de mis  rivales y. ..? ¡Pero no, esto no!
¡No temas,  tesoro mío, mi  fiel espada me acompañará siempre y mi cabeza se mantendrá
firme sobre mis hombros!
Cierta noche oscura seguía Ruslán  la orilla abrupta y pedregosa de un río. Corría abajo el
agua. Todo estaba tranquilo alrededor. De pronto silbó una  flecha... se oyó el ruido de una
coraza y los relinchos y el galope de un caballo. 
—¡Detente! —le grita una voz. 
Ruslán  vuelve  la  cabeza. Un  jinete  vuela  hacia  él  con  la  lanza  en  alto.  Es  el khan de  los
kazares, que se precipita sobre el príncipe. 
—¡Por  fin  he  logrado  encontrarte,  amigo!  ¡Prepárate  a  morir!  —le  grita  el  jinete—.
¡Inmóvil te quedarás en este mismo lugar... y entonces podrás ir en busca de tu princesa! 
Ruslán, enfurecido, reconoció la voz de Ratmir. 
 

 
Pero,  amigos  ¿qué  le  ocurre  a  nuestra  gentil  doncella?  Dejemos  de  ocuparnos,   por  un
momento,  de  los jóvenes guerreros. Más tarde volveremos a ellos.  Ha  llegado ya el punto
de acordarnos de la princesa y del terrible Chernomor. 
Os he contado ya cómo durante una noche oscura desaparecieron, ante los ojos de Ruslán y
envueltos en una densa niebla, los encantos de la dulce princesa. 
 
¡Pobre  Liudmila!  Cuando  el  raptor  se  apoderó  de  ti,  arrebatándote  de  tu  aposento,  voló
contigo  por  las  nubes  y  se  dirigió,   envuelto  en  humo  y  tinieblas,   hacia  sus  montañas;
perdiste  el  conocimiento  y  te  encontraste  después,   pálida  y  temblorosa,  en  el  castillo
encantado del brujo. 
Así  vi  también  una  vez, desde  el  umbral de mi  casita,  cómo  un día de  verano  corría  un
gallo,  sultán  del  gallinero,  persiguiendo  a  una  tímida  gallina.  Disponíase  ya  mi  gallo  a
alcanzarla... Pero por  encima de  él un  azor gris,  viejo  raptor de  los polluelos de  la  aldea, 
volaba describiendo  círculos  caprichosos,  y  lleno de oscuras  intenciones.  De  súbito  cayó
como un rayo en el corral y volvió a subir. Y ya se encuentra la pobrecilla en las garras del
peligroso raptor, que se la lleva a sus oscuras cuevas, lugar seguro para él.  En vano el gallo, 
sorprendido  y  tembloroso,  llama  a  su  compañera. No  ve  ya más que plumas que  vuelan
arrastradas por el viento... 
 

 
La princesa permaneció sin sentido toda aquella noche, sumida en una oscura pesadilla. Por
fin volvió en sí, y era ya  la mañana, presa de una viva  emoción, y angustiada a  la vez por
un funesto presentimiento. 
Su alma vuela al encuentro de  la dicha y buscando con  impaciencia a aquel a quien ama, 
murmura:
—¿Dónde estás, esposo amado?
 

 
Pero se estremece al mirar en derredor... 
¡Liudmila!  ¿Dónde  está  tu  habitación?...  La  pobre  doncella  se  despierta  entre  mullidas
alfombras,  bajo  un  rico  baldaquín...  allí  cortinas...  aquí  espesos  colchones,  borlas  y
bordados  incomparables... Por doquier riquísimos brocados... Brillan  las piedras preciosas;
y de los trípodes de oro ascienden nubes de humo aromático... 
 
Pero  basta...  No  es  preciso  que  describa  un  palacio  encantado,  pues  Scherezade  lo  hizo
antes que yo. 
Mas ningún valor tiene el más soberbio de los palacios si no alberga a un ser querido. 
 

 
Tres  doncellas  de  adorable  belleza,  ataviadas  con  ligeras  y  maravillosas  vestiduras, 
presentáronse ante la princesa... Se acercaron y la saludaron inclinándose hasta el suelo. 
Una  de  ellas,  con  sus  dedos  ligeros  como  el  aire,  le  peinó  sus  dorados  cabellos, 
disponiéndolos  en  trenzas,  con maestría digna de  nuestros  tiempos;  luego  ciñó  su blanca
frente con una corona de perlas. 
Acercóse  después,  con  tímida  mirada,  una  segunda  doncella.  Y  el  esbelto  cuerpo  de
Liudmila  se vio  envuelto  en  una  riquísima  túnica  color de  cielo. Sobre  sus  hombros  y  su
pecho cayó un velo transparente como  la bruma.  Dos  ligerísimas  zapatillas comprimieron
su par de piececillos, maravilla entre las maravillas. 
La  tercera  de  las  doncellas  ofreció  a  la  princesa  un  cinturón  de  corales,  mientras  una
cantante invisible entonaba alegres canciones. 
Pero ni  las piedras preciosas,  ni  las perlas,  ni  tampoco  las  alegres  canciones de  alabanza, 
podían aliviar el alma de la joven princesa.  En vano le mostraba el espejo sus encantos, sus
espléndidos vestidos; ella permanecía triste y callada. 
Y  los amantes de  la verdad, como en general todos  los que pueden  leer en el  fondo de  los
corazones,  saben  sobradamente que  si una mujer se muestra apenada y si, a través de sus
lágrimas,  se olvida,  contra  toda  razón  y  costumbre, de  lanzar  una mirada,  aunque  sea de
reojo, al espejo, es que en verdad se siente en extremo afligida. 
 

 
Liudmila vuelve a encontrarse sola. Sin saber qué hacer se acerca a una ventana enrejada y
su mirada se pierde en  la brumosa  lejanía. Todo parece muerto. Los valles están cubiertos
de blancas  alfombras de  nieve.  Los  sombríos picos de  las montañas parecen dormidos  en
medio de  aquella blanca monotonía  y de  aquel  eterno  silencio.  En parte  alguna  se divisa
una  humeante  chimenea,  ni  huellas de  vida  humana. El  son  alegre del  cuerno de  caza no
resuena por aquellos montes desolados. Tan sólo ráfagas de viento soplan sobre el campo
desierto, agitando las copas de los árboles desnudos que se elevan hacia el cielo pálido. 
Llorando de desesperación, Liudmila se cubre el rostro con las manos. 
—¡Desventurada de mí! ¿Qué me aguarda ahora?... 
Se precipita hacia una puerta y ésta se abre ante ella a los sones de una música melodiosa. 
Liudmila  se  encuentra  ahora  en  un  jardín.  ¡Qué maravilloso  lugar!  ¡Es más bello que  los
jardines  de  Armida  y  más  admirable  aún  que  los  que  poseyeron  el  rey  Salomón  y  el
príncipe de  Taurida! Ofrécense  a  su vista,  agitados  y  rumorosos,  espléndidos bosques de
robles,  avenidas  de  palmeras  y  parques  de  laureles,  hileras  de  mirtos,   altivas  copas  de
cedros y dorados naranjales. Y todo se refleja en el espejo de las aguas. 
La  colina,  los bosquecillos  y  los  valles  se ven  reanimados por  un  calor primaveral  y una
brisa de mayo  sopla  refrescando  los  campos  encantados. Un  ruiseñor  chino  canta  entre  el
follaje.  Brillan  los  surtidores  lanzando  hacia  las  nubes  sus  aguas  cristalinas  co n  alegre
rumor,  y  salpicando  las  estatuas  que  los  rodean,  que  parecen  vivas.  El  propio  Fidias, 
alumno  de  Febo  y  de  Palas,  contemplándolas,  hubiera  dejado  caer,  lleno  de  envidia,  su
divino cincel. Las cascadas, cayendo desde gran altura, se quiebran sobre rocas de mármol
y se multiplican en perlas que brillan como el arco iris. Bajo la verde sombra de los bosques
serpentean millares de arroyuelos, que vierten allí sus aguas soñolientas, lugares de frescura
y  descanso.  Acá  y  acullá  surgen  de  entre  el  eterno  verdor  soberbios  pabellones  entre
tupidos rosales que bordean senderos solitarios. 
Pero  la  inconsolable  Liudmila  ni  siquiera  mira  todas  aquellas  bellezas.  Está  cansada  de
tanta  maravilla  y  todo  la  entristece.  Prosigue  adelante  su  camino  sin  saber  adonde  va  y
pasea  así por  todo  el  jardín dando  rienda  suelta  a  sus  lágrimas  y  elevando  sus miradas  al
cielo, que le parece implacable y oscuro. 
 

 
Paseándose  mi  encantadora  Liudmila  bajo  el  sol  matinal,  acaba  por  sentirse  cansada. 
Considera llegado el momento de enjugar sus lágrimas y dice para sus adentros:
—¡Basta ya!
Se sienta sobre la hierba y empieza a mirar en torno suyo. 
Pero apenas  lo ha hecho,  ve extenderse ante ella, con gran ruido,  una  sombreada tienda y
ofrecérsele  un  suculento  almuerzo  con  toda  la  vajilla de  cristal.  En  el  silencio del  jardín
empieza a tocar un arpa invisible. 
La princesa cautiva se maravilla; pero piensa:
—¿Para qué  seguiré  viviendo  lejos de mi  amado  y privada de  libertad?  ¡Oh,  amado mío, 
cuyo  amor  me  consuela  y  me  martiriza  a  un  tiempo!  ¡Sábelo!  No me  infunde  miedo  el
poder del malhechor. ¡Liudmila  sabrá morir! ¡No me hacen  falta,  infame, tus tiendas ni tus
manjares,  ni  tus  canciones  aburridas;  no  comeré,  ni  escucharé,  y  me  verás  morir  en  tus
jardines!
Esto es lo que piensa Liudmila, pero se pone a comer. 
La princesa se levanta y desaparecen en el acto la tienda y la lujosa vajilla, con las notas del
arpa, y vuelve a reinar  el silencio. Otra vez vaga Liudmila por  los jardines solitarios y por
los silenciosos bosques. 
Mientras  tanto,   en  el  firmamento  azulado  empieza  a  navegar  la  luna,   reina  la  noche; de
todas  partes  acuden  las  sombras,  cubriendo  valles  y  promontorios.   La  princesa  siente
deseos de dormir,  y  entonces  una  fuerza misteriosa  la  levanta  como  un  céfiro  suave  y  la
lleva, entre el aroma nocturno de las rosas, al castillo, depositándola en su aposento. 
 

 
Reina  un  silencio  sepulcral,  en  el que  sólo  se oye  el palpitar de  su  corazón.  Y  en  aquel
silencio parécele de pronto que  alguien  se  aproxima  a  ella.  La princesa oculta  su  cabeza
entre las manos, y...  ¡horror! se oye ruido,  y en la estancia penetra una luz, se abre la puerta
y aparece una hilera de negros que se acercan majestuosa y silenciosamente blandiendo sus
sables  brillantes.  Dan  una  vuelta  a  la  derecha,  y  se  acercan  llevando  sobre  una  gran
almohada  una  larguísima  barba  blanca,  tras  la  cual  camina  lentamente  y  con  arrogante 18
 
porte,  levantando  la cabeza sobre un cuello delgado y  largo, un enano  jorobado; a aquella
cabeza, afeitada por completo y cubierta por un gorro alto y puntiagudo, pertenece  la  larga
barba. 
Ya está junto a la joven. La princesa da un salto y de un golpe hace caer el gorro del enano
y se prepara a golpearle; al mismo tiempo  lanza un terrible grito y empieza a chillar de tal
modo  que  todos  los  negros  se  sobresaltan.  El  pobre  enano,  sorprendido  y  atemorizado, 
palidece  aún  más  que  la  propia  princesa;  se  enreda  en  su  barba,  y  cae  en  tierra
debatiéndose. Se levanta y vuelve a caer. Su séquito grita despavorido; tropiezan los negros
unos con otros y por  fin cogen en sus brazos al hechicero y salen con él de  la estancia para
desenredarlo  de  la  barba.  Pero  dejan  olvidado  en  el  dormitorio  de  Liudmila  su  gorro
puntiagudo. 
 

 
¿Qué  hace,   entre  tanto,  nuestro querido  guerrero?  ¿Recordáis  su  último  encuentro? Pues
bien:  bajo  la  luz  indecisa  de  la  luna  entablan  combate  los  enemigos.  Sus  miradas
relampaguean de ira. Han hecho ya uso de sus lanzas,  que cada uno ha arrojado desde lejos
contra  el  adversario.  Ya  se han  roto  sus  espadas,  y  sus  corazas  están  cubiertas de  sangre. 
Sus  adargas  han  volado  hechas  pedazos.  Ahora  luchan  cuerpo  a  cuerpo,  juntando  sus
corceles,  que  luchan  también,  levantando  con  sus  patas  negras  nubes  de  polvo.  Los
luchadores están pegados uno a otro y se diría que permanecen  inmóviles en sus sillas. Sus
manos  forman un solo nudo y parecen  rígidas en  su tremenda tensión. Pero por  sus venas
corre fuego y tiemblan sus pechos estrechamente unidos. Pronto caerá uno de los dos... 
En  esto  uno  de  los  guerreros,  enfurecido,  apresa  con  su  mano  de  hierro  al  enemigo  y, 
arrancándolo y levantándolo de la silla, lo alza por encima de su cabeza y lo lanza a los olas
desde la orilla, mientras exclama:
—¡Muere, odiado rival!
 

 
Lectores  míos:  con  seguridad  habréis  olvidado  quién  fue  el  que  luchó  con  el  valeroso
Ruslán.  Tratábase de un buscador de  luchas sangrientas, de Rogday,  el mejor guerrero de
los Kievlanas, el sombrío enamorado de Liudmila. Mucho tiempo hacía que  iba siguiendo
las huellas de su rival; pero esta vez  le  faltó al hijo de  las batallas y al guerrero de  la vieja
Rusia su fuerza acostumbrada y encontró su fin en aquellos parajes desolados. 
Corrió  la voz de que una joven ondina, moradora de aquellas aguas, cogió en sus brazos a
Rogday  y de que, besándolo,  arrastró  entre  risas  al  guerrero  a  las profundidades del  río. 
Desde  entonces,  alguna  que  otra  noche,  por  aquellas  riberas  solitarias  vaga  el  enorme
fantasma del héroe atemorizando a los pescadores. 

CANTO TERCERO
ООВГ - ΣΔΜΑ