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Ruslán Y Liudmila CUARTO

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Приветствую Вас, Гость · RSS 22.07.2017, 07:39



 Carta de Todos los Mundos

Ruslán Y Liudmila CANTO PRIMERO

CANTO SEGUNDO

CANTO TERCERO
CANTO CUARTO
 
El  joven Ratmir, que había puesto  su  caballo  en dirección  al  sur,  esperaba  encontrar  a  la
esposa de Ruslán antes de la caída del sol. 
Pero era ya el atardecer, tornábase todo de un color rosado, y en vano  los ojos del guerrero
intentaban  penetrar,  a  través  de  la  bruma,  la  lejanía.  Todo  estaba  tranquilo  en  las
proximidades del río, y sobre el bosque dorado se apagaba el último rayo de sol. 
Nuestro héroe  cabalgaba  con  lentitud  junto  a  las  negras  rocas, buscando  entre  los  árboles
dónde poder pasar la noche. 
 
Penetra por  fin  en  un  valle  y  allá  arriba,  en  la  cima de  un picacho, descubre  un  castillo
rodeado de  altos  y  almenados muros,  en  cuyos  ángulos  se  levantan  negros  torreones.  Y
sobre uno de  los muros pasea, como un cisne sobre el  lago, una doncella,  iluminada por  la
aurora. 
La doncella canta, pero su voz apenas se oye en el silencio del profundo valle: 
 
Cae sobre el campo la bruma nocturna. 
Las olas despiden un viento frío. 
¡Es tarde ya, joven viajero!
¡Ven aquí, a refugiarte en nuestro alegre castillo! 
 
Aquí reina durante la noche el placer y el descanso. 
Y durante el día se vive en continuo festín. 
 
¡Oh, ven aquí, joven viajero!
¡Oh, ven aquí, al alegre festín!
Aquí, entre nosotras, encontrarás bellezas sin cuento. 
Dulces palabras y canciones. 
Obedece a mi invitación misteriosa. 
¡Ven aquí, joven viajero!
 
Al rayar el alba te llenaremos, 
Para despedirte, una gran copa de vino. 
 
Acude a mi llamamiento misterioso. 
¡Ven aquí, joven viajero!
Cae sobre el campo la bruma nocturna. 
Las olas despiden un viento frío. 
¡Es tarde ya, joven viajero!
¡Ven aquí a refugiarte en nuestro alegre castillo! 
 
La doncella canta y parece  llamarle. Y el valeroso khan se encuentra ya  frente a  los muros. 
Ábrense  las puertas  y  se  ve  al punto  rodeado de  hermosas doncellas, que  le  reciben  con
dulces palabras.  Las miradas de  sus  hermosos ojos  no  se  apartan de  él.  Dos de  ellas  se
llevan el caballo. 
El joven khan entra en el castillo, donde le sigue el grupo de las hermosas solitarias. Una de
ellas  le quita el casco adornado con plumas, otra  la coraza,  la  tercera  la espada, y  la cuarta
su  adarga  polvorienta.  Y  para  substituir  estos  atributos  guerreros  le  visten  con  ligeros
ropajes, propios para el descanso. 
Pero  antes  lo  llevan  a  un  soberbio  estanque.  Llénanse de  agua  tibia  los  cubos de plata y
saltan  los  fríos  surtidores;  el khan  se  acuesta  sobre  una mullida  alfombra y  lo  envuelven
transparentes  nubes de  vapor.  En  torno  a  él,  formando  un  animado  grupo,  se  colocan  las
hermosas  muchachas  y,  mostrando  una  atención  silenciosa,  bajan  su  mirada  llena  de
dulzura. Una de ellas le abanica con ramas tiernas de abedul, que despiden un cálido aroma;
otra refresca sus miembros fatigados con esencia de rosas primaverales, y hunde sus negros
cabellos en líquidos perfumes. 
El guerrero, embelesado, olvida los encantos de Liudmila, tan poco ha raptada. 
Abandona  finalmente  el  estanque.  Ratmir,  vestido  de  rico  terciopelo  y  rodeado  de
encantadoras muchachas, se sienta a la mesa y da comienzo un gran festín. 
 

 
Pero,  amigos  míos,  dejemos  al  joven  Ratmir.   Debemos  ocuparnos  de  Ruslán,  guerrero
incomparable, temple de héroe y amante fiel. 
Fatigado por la dura lucha, duerme junto a la Cabeza gigante. 
Mas  el  alba  ilumina  el  horizonte.  Todo  se  aclara;  el  rayo  juguetón de  la mañana dora  la
velluda  frente de  la Cabeza. Ruslán se  levanta y el caballo vuela ya, veloz  como  la  flecha, 
montado por el guerrero. 
Pero  también  vuelan  los  días.  Los  trigales  amarillean.  Los  árboles  pierden  sus  hojas
marchitas. Por el bosque sopla un viento otoñal, amortiguando con su silbido el canto de las
aves. Una opaca y densa niebla envuelve las montañas peladas. 
Comienza el  invierno. Ruslán prosigue valientemente  su camino siempre hacia  el norte. Y
cada  día  surgen  nuevos  obstáculos:  aquí  lucha  con  un  guerrero,  allá  con  un  gigante;
tropieza después con una bruja o se encuentra con unas ondinas que, balanceándose en  las
ramas, llaman silenciosamente con la mano al joven guerrero... 
Pero,  protegido  por  una  fuerza  misteriosa,  el  guerrero  sale  siempre  adelante.  Dominado
siempre por un deseo único, de nada hace caso para pensar nuevamente en Liudmila. 
 

 
¿Qué  hace,  mientras  tanto,  mi  princesa,  mi  hermosa  Liudmila,  protegida  contra  toda
agresión del hechicero por su mágico gorro? Se pasea sola por los jardines, siempre callada
y  triste.  Piensa en su  amado y suspira. O, dando  rienda suelta a su  imaginación,  recuerda, 
olvidándose  de  todo,  los  campos  natales  de  Kiev  y  se  ve  abrazando  a  su  padre  y  a  sus
hermanos.  Recuerda a sus amigas y a sus viejas damas, y  así olvida por unos  instantes su
cautiverio  y  su  separación.  Pero  al  volver  a  la  realidad  y  sentirse  abandonada,  vuelve  a
entristecerse. 
Entre tanto  los siervos del mago buscan día  y noche por  los  jardines, sin darse reposo, a  la
hermosa cautiva. Por  todas partes  la  llaman y  la buscan, mas todo es en vano: Liudmila se
burla de ellos. 
Ahora, por  ejemplo, paseando por  los parques  y por  los  jardines  encantados,  se quita  el
gorro y grita:
 
—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!
Todos  se  precipitan  hacia  el  lugar,   pero  vuelve  a  su  estado  invisible  y,  alejándose
silenciosamente, esquiva sus manos ávidas. 
En  todas partes  y  a  todas  horas  encuentran  huellas  suyas:  acá desaparecen de  las  ramas
algunos  frutos dorados; acullá caen gotas de agua, sobre el prado que ella acaba de pisar; y
así saben todos en el castillo lo que come y bebe la princesa. 
Buscando un corto sueño,  pasa las noches sentada en las ramas de un cedro o de un abedul;
pero no puede dormir,  llamando  siempre  a  su  esposo  y  llorando,  sin  conseguir descansar. 
Bostezando de sueño se martiriza pensando en  lo triste de su situación, y sólo al despuntar
el día  apoya  la  cabeza  en  el  tronco  y  se queda dormida por  un breve momento.  Luego, 
apenas ha  salido  el  sol,  Liudmila  se dirige  a  una  cascada para  refrescarse,  lavándose  con
agua fría. Hasta el propio enano vio, cierta vez, cómo las aguas eran agitadas por una mano
invisible. 
Así vaga, pues, por los jardines hasta entrada la noche,  y con frecuencia se oye al atardecer
el  agradable  sonido de  su  voz.  A  veces  se  encuentran  también  una  corona de  flores,  un
pedazo de su chai o un pañuelo bañado en lágrimas, perdido por ella en el bosque. 
 

 
La  pobre  princesa  se  aburría  sentada  tranquilamente  a  la  ventana  en  la  frescura  de  un
pabellón de mármol; y a través de  las  ramas, movidas por  la brisa, contemplaba el campo
cubierto de flores.  Oye de pronto que alguien la llama: "¡Querida amiga!" Y al momento ve
ante  ella  a Ruslán. No hay duda:  es  aquel  su  rostro,  es  su  cuerpo,  y  su manera de  andar. 
Pero está pálido, tiene la mirada turbia y lleva una herida reciente en el costado. 
La prisionera corre hacia su marido y llorando y temblando, le dice: 
—¡Tú aquí! ¿Estás herido?... ¿Qué tienes?
Ya está junto a él... ya le abraza... 
Mas ¡horror!:  la visión desaparece. La princesa ha caído en  la red. Su gorro cae al suelo y, 
aterrada, oye un grito amenazador:
 
—¡Ya eres mía!
Y  comparece  el  hechicero  ante  sus  ojos.  La  muchacha  deja  escapar  un  gemido,  cae
desvanecida y un mágico sueño la cubre con sus alas. 
¡Chist!... Se oye de pronto  el  son de un  cuerno  y una  voz  llama  al  enano. Sorprendido y
turbado, el pobre hechicero cubre con el gorro  la cabeza de  la doncella.  El cuerno se oye
más  cercano  y  Chernomor  se  precipita  al  nuevo  encuentro,  echándose  la  barba  a  los
hombros. 

CANTO QUINTO

ООВГ - ΣΔΜΑ