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Ruslán Y Liudmila

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Приветствую Вас, Гость · RSS 23.07.2017, 21:55



 Carta de Todos los Mundos
 
Ruslán Y Liudmila

 
Alexander Pushkin
 


PROLOGO

 
En una playa próxima a cierto golfo crece un robusto y verde roble. Un gato sabio,  sujeto al
tronco por una cadena de oro, da vueltas sin cesar en torno a él. 
Cuando  corre  a  la derecha,  entona  una  canción,  y  cuando  corre  a  la  izquierda  se pone  a
contar un cuento. 
Por  todas  partes  se  producen  allí  milagros;  anda  vagando  el  demonio,  una  ondina  se
balancea en las ramas... Y en los senderos ocultos se ven huellas de animales nunca vistos... 
También hay una casita con patas de gallina, y que no  tiene puertas ni ventanas. Allí cada
bosque y cada valle albergan innúmeros fantasmas... 
Allí, al rayar el  alba, cuando  las olas empiezan a  rodar por  las riberas arenosas,  surgen de
las límpidas aguas treinta y tres hermosos héroes, capitaneados por el viejo Tío del Mar... 
Allí un joven príncipe vence y hace prisionero a un zar temible... 
Allí, a la vista de todos, rapta un brujo a un héroe esforzado y,  subiendo con él a las nubes, 
vuela sobre bosques y mares... 
Allí, encerrada en una celda, llora una zarina, a la que sirve con fidelidad un oso pardo... 
Allí camina por sí solo un mortero junto a la bruja Yaga. 
Allí el zar de los brujos, el Brujo-Inmortal, tiembla por su oro... 
Allí reina el espíritu ruso... Todo sabe a Rusia allí.  
 
Y allí estuve yo... Bebí dulcísimo hidromiel, vi aquel roble verde, y también, a su  sombra, 
al gato sabio, que me contó buenos cuentos de los suyos.  Y uno de ellos lo recuerdo, y voy
a contarlo ahora al mundo entero... 
 
CANTO PRIMERO
 
Es ésta una historia de tiempos lejanos, una leyenda de la antigüedad más remota. 
Rodeado de sus hijos poderosos y de sus amigos, el príncipe Vladimir el Sol daba un festín
en  la  sala más  espaciosa de  su palacio;  celebraba  los  esponsales de  su hija menor  con  el
valiente Ruslán, y levantaba a su salud una pesada copa de hidromiel. 
Nuestros  antepasados  comían  siempre  con  gran  calma,   y  las  jarras  y  los  vasos de plata, 
llenos de vinos espumosos y cerveza, que infunden alegría en los corazones, se movían ante
ellos  con  gran  lentitud.  Vasos  y  copas,  rebosantes de  espuma,  eran  servidos por  coperos
que, al ofrecerlos, se inclinaban con respeto ante los convidados. 
Las  voces  se mezclan  en  un  rumor  confuso,  en  un  zumbido  interminable. Pero de pronto
resuenan  las notas  sonoras  y  fugaces del  salterio  y  la  voz melodiosa del  trovador. Todos
callan y escuchan.  El cantor elogia la belleza de Liudmila, la valentía de Ruslán y la corona
que les ha preparado el amor. 
Fatigado, sin embargo, por su emoción amorosa, Ruslán ni come ni bebe; está  inmóvil, sin
apartar los ojos de su amada, suspira e impaciente se retuerce los bigotes. 
A  la  misma  mesa  están  sentados  tres  mancebos,  los  tres  guerreros  flamantes,  que
contemplan tristemente sus copas vacías olvidándose de  llenarlas, no prueban plato alguno
y parecen no oír la canción del trovador; son los tres rivales del prometido. Los desdichados
sienten en sus almas el veneno del odio y la amargura de un amor desgraciado. 
Uno de ellos es Rogday,  intrépido guerrerro que  supo ensanchar con su  espada  las  fértiles
tierras de Kiev. 
El otro  es Farlaf,  un  charlatán  altanero  a quien  nadie  vence  en  los  festines, pero guerrero
mediocre en el fragor de las batallas. 
Y el tercero es Ratmir, el joven khan de los kazares. 
 
Los tres tienen pálido y sombrío el semblante y a ninguno de los tres le divierte el festín. 
Finalmente,  concluye.  Todos  se  levantan  de  la  mesa  y  contemplan  a  los  jóvenes
prometidos. La novia mira  confusa al suelo y parece un poco  triste.  En cambio Ruslán se
muestra ahora alegre y animado en extremo. 
Se acerca  la medianoche y  las negras sombras envuelven  la naturaleza toda. Los boyardos, 
adormecidos por efecto del hidromiel, se despiden con profundos saludos y se retiran a sus
casas. 
El novio está en las nubes y lleno de ventura. 
El  príncipe  Vladimir,  emocionado  y  algo  triste,  da  su  bendición  a  los  jóvenes. 
Seguidamente acompañan todos a la muchacha a sus aposentos. 
De súbito, retumba un espantoso trueno, brilla un relámpago en la oscuridad y la lámpara se
apaga. 
Quedó  todo  envuelto  en  una nube de humo. Parece  como  si  todas  las  cosas  empezaran  a
temblar en las tinieblas... y se hace un profundo silencio. 
Una  voz  extraña  resuena dos  veces  en  el  silencio  terrible;  una  sombra  negra desciende y
desaparece después en una nube de humo. 
Y vuelve a reinar el silencio, como si todo el palacio quedara abandonado. 
Ruslán está pálido y bañado en un frío sudor. 
Su  mano  yerta  busca  vanamente  en  las  tinieblas  a  su  amada...  Sólo  encuentra  el  vacío. 
Liudmila ha desaparecido arrebatada por una fuerza desconocida. 
¡Ay de aquel que pierde a la amada para siempre en un instante! A no dudarlo es preferible
la muerte... 
Mas el desdichado Ruslán siguió viviendo. 
Y a todo esto ¿qué dijo el príncipe?
Sorprendido por  la tremenda noticia y enfurecido contra su yerno,  llamóle,  convoca ndo al
propio tiempo a su corte entera. 
—¿Dónde está Liudmila? —le pregunta con tono amenazador. 
 
Pero Ruslán no le oye. 
—¡Hijos  míos  y  amigos  todos! —prosigue  lamentándose  el  príncipe—.   A  vosotros  me
dirijo recordándoos vuestros méritos. ¡Tened piedad de mí,  que soy un anciano! ¿Cuál de
vosotros está dispuesto a salir en busca de mi hija? ¡El mérito del valiente que lo consiga no
quedará  sin  premio!  Y  tú,  desdichado,  que  nos  has  sabido  guardar  a  tu  esposa,  llora  y
laméntate, porque he de darla al que  la encuentre, con  la mitad del  reino de mis abuelos... 
¿Cuál, pues, de mis hijos o amigos está dispuesto a salir en su busca?
—¡Yo! —exclamó el abatidísimo esposo. 
—¡Yo,  yo,  yo! —contestaron  a  una  Rogday, Farlaf  y  el  siempre  alegre  Ratmir—. Ahora
mismo  vamos  a  ensillar  nuestros  caballos,  y  nos  tienes  dispuestos  a  recorrer  el  mundo
entero. No temas, padrecito, tu espera no será larga.  ¡Correremos presurosos en busca de la
princesa!
El anciano padre, conmovido después de tanto sufrir, les abre, llorando, los brazos. 
 
 
Los cuatro salen juntos del palacio. 
Ruslán,  muy desanimado por su desventura; la idea de haber perdido de manera tan súbita a
su amada le atormentaba el corazón. 
Los  cuatro saltan sobre sus corceles y vuelan a  lo  largo de  las  rientes orillas del Dniéper, 
desapareciendo  tras  una  nube  de  polvo.  Y  todos,  con  el  príncipe  al  frente,  les  siguen, 
aunque sólo con el pensamiento, pues no ven ya ante sí más que el campo desierto. 
Ruslán sufre y sigue callado; hasta la memoria ha perdido. 
Tras él va Farlaf que, poniéndose en jarras, exclama:
—¡Qué  contento  estoy de poder obrar  a mi  gusto  y  con  total  libertad!  ¡Ojalá  encontrara
pronto  al  gigante!  Entonces  la  sangre  correría de  verdad. Muchas  serían  las víctimas que
haría caer mi amor celoso. ¡Alégrate, pues, fiel espada, y también tú, corcel veloz!
 
El  khan  de  los  kazares  baila  en  la  silla,  viéndose  ya  en  brazos  de  Liudmila.  Hierve  su
sangre moza, y en su mirada brilla  la esperanza. Ora pone al galope su caballo, ora  lo hace
encabritar, obligándole a vencer pasos abruptos. 
Rogday calla y se muestra más taciturno que sus compañeros. Está  inquieto y, enfurecido, 
mira de reojo al khan de los kazares. 
Todos los rivales, durante el día entero, siguen la misma ruta. 
La orilla más baja del Dniéper tórnase ya oscura. Desde Oriente se acercan  las sombras de
la noche y sobre el río profundo extiéndese la bruma.  Ha llegado el momento de dar reposo
a los caballos. Al pie de una montaña crúzanse varios caminos. 
—Vamos a separarnos aquí —dicen todos. 
Y cada cual deja que su corcel escoja la ruta libremente. 

 
¿Qué haces tú, infortunado Ruslán,  solo en este desierto silencioso? ¿Continúas recordando
el aciago día de tus bodas con Liudmila, que surge ante ti como en un sueño? 
¿Por qué vas así con el casco de cobre hundido hasta  las cejas, dejando que se escapen  las
riendas de  tus  fuertes manos? ¿Por qué vas con el paso  tan  lento por  los campos, cada vez
más perdidas la esperanza y la fe?
Pero  ahora  aparece  una  cueva  ante  los ojos del  guerrero.  En  la  cueva brilla  una  luz...  El
jinete  se  dirige  allí  sin  detenerse,  y  atraviesa  bóvedas  adormecidas,  tan  viejas  como  el
mundo. 
Se para y entra, lleno de tristeza... Y ¿qué descubre allí?
En  la  cueva  ve  a  un  anciano,  de  luenga  barba  blanca  y  de  mirada  clara  y  serena;  está
inclinado sobre un viejo libro, leyendo con suma atención y ante él arde una lamparilla. 
—Bienvenido  seas,  hijo mío —dice  el  anciano,  sonriendo—.  Hace  veinte  años que  estoy
aquí  completamente solo, extinguiéndome  lentamente en  las tinieblas de mi vida. Pero por
fin  ha  llegado  el día  previsto por mí,  el día  en que  la muerte  nos  une. Siéntate, pues,  y
escucha lo que voy a decirte. 
Sé,  Ruslán,  que  has  perdido  a  tu  Liudmila  y  que  ya  van  desmayando  las  fuerzas  de  tu
espíritu.  Pero  el  mal  es  pasajero,   y  pronto  desaparecerá  el  dolor  que  te  ha  infligido  el
destino... Sigue, pues, adelante y sin temor, alegre siempre y  lleno de  fe y esperanza.  ¡No
desfallezcas! ¡Siempre adelante! Sigue tu camino y ábrete paso con  la  espada dirigiéndote
siempre hacia donde reina la medianoche. 
Debes  saber,  Ruslán,  que  quien  te  ha  agraviado  es  un  hechicero,  el  terrible  Chernomor, 
conocido secuestrador de muchachas hermosas. Es el dueño de las montañas del reino de la
medianoche. Y hasta ahora ni una sola mirada ha logrado penetrar en su palacio. 
Pero tú, vencedor de  la maldad, penetrarás en  la morada del malhechor y acabarás con él. 
Nada más debo decirte. Así, pues, desde ahora se halla tu suerte en tus propias manos, hijo
mío. 
Cayó nuestro héroe a los pies del anciano, y le besó la mano, radiante de alegría.
Va despejándose  el mundo  ante  sus ojos  y  su  corazón  se  alivia  y  reanima. Mas de  súbito
vuelve a pasar por su rostro la sombra de la tristeza... 
—Adivino  la  causa  de  tus  inquietudes,  pero  me  es  fácil  desvanecerlas  —le  dice  el
anciano—. Te preocupa el amor del brujo de blancas canas... Tranquilízate; su amor no es
peligroso para la joven.  Terrible es el poder de Chernomor; puede hacer que desciendan las
estrellas y con su silbido hace temblar a  la  luna. Pero contra  la  ley del tiempo nada vale su
ciencia  y  no puede  recuperar  su  juventud.  Es  ya  un mísero  viejo  y  no  conseguirá que  la
joven olvide tu amor y consienta en ser su esposa. 
Pero el día termina ya, guerrero, y te conviene el reposo. 
Ruslán se acuesta sobr el blando musgo,  a la tenue luz de la lamparilla, e intenta conciliar el
sueño... 
Suspira, cambia de posición; mas todo es en vano. 
—No  puedo  dormir,   padre  mío  —acaba  diciendo—.  No  sé  qué  hacer.   Mi  alma  está
enferma...  el sueño huye de mí... La vida me es penosa en demasía... Permite que me alivie
con  tu  santa  conversación.  Perdóname  una  pregunta  indiscreta:  ¿quién  eres  tú,   hombre
bondadoso y enigmático?... ¿Quién te obligó a vivir en este lugar desierto? 
El anciano, suspirando, le sonrió afablemente y le dijo:
 
—Querido  hijo  mío.  Yo  soy  finlandés,  y  por  el  tiempo  de  mi  despreocupada  juventud, 
apacenté ganado de las vecinas aldeas en valles sólo por nosotros conocidos.  Ignoraba todo
lo que no  fueran bosques  impenetrables, arroyos y cavernas ocultas en  las  rocas, así como
las diversiones propias de nuestra  salvaje miseria. A pesar de  ello,  no quiso  la  suerte que
viviera yo largo tiempo en aquella tranquila quietud. 
Cerca  de  nuestra  aldea  crecía  entonces,  como  una  flor  solitaria,  una  muchacha  llamada
Naína, que sobresalía entre sus amigas por su extraordinar ia belleza. 
Cierto día, al llevar yo mis rebaños por los prados y cuando estaba preparando mi gaita, me
encontré a orillas de un torrente impetuoso. 
Una  hermosa muchacha  trenzaba  allí  una  corona de  flores...  El destino me  había  llevado
hasta ella... 
¡Era Naína, guerrero! Me  le acerqué, y mi atrevida mirada vióse correspondida con otra no
menos  ardiente.  Conocí  entonces  lo  que  era  el  amor,  con  toda  su  celestial  delicia  y  su
angustia torturadora. 
Así  transcurrió  medio  año,  durante  el  cual  le  declaré  mi  amor  diciéndole:  "Te  quiero, 
Naína."
Pero  Naína,  que  se  complacía  sólo  en  sus  propios  encantos,   escuchó  mis  palabras  con
altivez e indiferencia y me contestó fríamente: "Pues yo no te quiero, pastor."
Al  escuchar  tal  respuesta, me pareció que  el mundo  se oscurec ía;  y  ni  los  árboles,  ni  los
bosques frondosos, ni los alegres juegos de los pastores, lograron ya calmar mi angustia. 
Mi  corazón  languideció  de  tristeza.   Y  así,  decidíme  al  fin  a  abandonar  los  campos
finlandeses y a atravesar  los peligrosos  abismos del mar,  a  fin de  conquistar el corazón de
la altiva Naína, con la gloria de guerreras hazañas. 
Reuní, pues, a unos cuantos pescadores decididos, y  les  invité a buscar peligros y oro. Por
primera vez el país  tranquilo de mis padres y abuelos oyó el estrépito de  las armas y miró
pasar las naves de guerra. 
Así me perdí en  la  lejanía, henchido de esperanza, con aquel puñado de valientes, hijos de
mi tierra. 
Por espacio de diez  largos años salpicamos con sangre de enemigos  las nieves y  las aguas. 
Nos  precedió  la  fama;  los  reyes  temblaron  ante  mi  arrojo,  y  sus  orgullosos  regimientos
huyeron ante las armas del Norte.
 
Guerreábamos  denodadamente  y  llenos  de  alegría.  Nos  repartíamos  dones  y  botines  y
celebrábamos las victorias en unión de los vencidos. 
Pero mi  corazón,  rebosante de  amor por Naína,  sufría  silenciosamente  en  el  fragor de  las
batallas y en el bullicio de los festines, sin poder olvidar nunca las riberas finlandesas. 
"¡Amigos!",  dije. "Ya es hora de volver y de colgar las armas a la sombra de nuestras casas
paternas."
Moviéronse  ruidosamente  los  remos,  dejando  tras  nosotros  el  terror  y  la  muerte;  y  muy
pronto atracamos con júbilo en el golfo de nuestra querida patria. 
"¡Por  fin  se ven realizadas mis  ilusiones y mis más ardientes deseos! Se aproxima  la hora
del  dulce  encuentro...   Arrojaré  a  los  pies  de  la  muchacha  hermosa  y  altiva  mi  espada
ensangrentada, arrojaré perlas, y oro y corales."
Así  comparecí  ante  ella,  embriagado  de  pasión  y  rodeado  de  sus  envidiosas  amigas, 
semejante en todo a un sumiso vencido. 
Pero la hermosa muchacha se alejó y me dijo con tono indiferente:
"¡Héroe! ¡No te quiero!"
Mas, ¿para qué contarte,  hijo mío,  todo  lo que,  para ser contado,  requeriría de mí  fuerzas
que no tengo?
¡Ay! Aún ahora, viviendo aquí completamente a solas con mi alma,  y encontrándome ya a
las  puertas  de  la  tumba,  corren  amargas  lágrimas  por  mi  barba  blanca,  recordando  el
pasado.
Pero  déjame  que  prosiga.   En  mi  patria,  entre  los  pescadores  solitarios,  se  practica  una
ciencia milagrosa.  Siempre ocultos y al amparo del eterno silencio de los bosques, viven, en
los más apartados rincones, viejos hechiceros. Todos sus pensamientos se dirigen a  la más
alta sabiduría. Saben todo lo pasado y todo lo por venir. Y las cosas todas están sometidas a
su terrible voluntad, la muerte y aun el mismo amor. 
Ávido  y  empedernido buscador de oro  como  yo  era,  resolvíme,  en mi  infinita  tristeza,  a
conquistar a Naína por medio de  las artes mágicas,  encendiendo una  llama amorosa en el
corazón de la hermosa muchacha con artificios de hechicería. 
Me  alejé, pues,  internándome  en  aquellos bosques  sombríos,  en  los que pasé  largos  años
estudiando entre los sabios hechiceros. Llegó finalmente el día, por mí tan anhelado, en que
 
pude  ya,  con  mi  clara  inteligencia,  penetrar  los  más  ocultos  y  terribles  arcanos  de  la
naturaleza y en el que comprendí todo el poder de las invocaciones mágicas. 
"¡Así  conseguiré  coronar pronto mis deseos  y mi  amor!" pensaba  yo." Ahora, Naína.   te
venceré y serás mía!"
Mas no fui yo el vencedor, sino el destino, que me perseguía sin descanso. 
Lleno de esperanzas juveniles,  empecé a  invocar a  los espíritus. Y he aquí que el silencio
eterno de  la  fronda  se vio  turbado por un trueno  formidable,  acompañado de  la  luz de un
relámpago. Prodújose  un mágico  torbellino...  La  tierra  tembló bajo  los pies...  y  ante mis
ojos apareció sentada una vieja canosa, con ojos brillantes y hundidos y una enorme joroba, 
símbolo de la más triste decrepitud. 
¡Ay  guerrero!  ¡Aquella  mujer  era  Naína!  Quedé  horrorizado  y  sin  poder  hablar, 
contemplando el repugnante fantasma y sin dar fe a mis propios ojos... 
Entonces prorrumpí en súbito llanto y dije:
"¿Es posible que  seas  tú, Naína?  ¿Dónde  está  tu  hermosura?  ¿Cómo  has podido  cambiar
así?... Dime, ¿cuánto tiempo hace que no nos hemos visto?..."
"¿Cuánto?... Pues cuarenta  años  justos", me contestó ella.  "Hoy he cumplido  los setenta... 
¡Qué se le va a hacer!", prosiguió con su voz cascada y ronca. "El tiempo vuela. Ha pasado
ya  tu primavera  y  la mía  también...  Los dos  nos  hemos  hecho  viejos...  Pero  escúchame, 
querido mío,  todo  esto no  tiene  importancia... Claro que  ahora  ya  tengo  canas... También
me  siento  menos  animada  que  en  otros  tiempos...  No  tengo  tantos  atractivos...  Pero  en
cambio voy a confesarte una cosa: ¡Soy bruja!"
Y decía la verdad. Quédeme inmóvil y aturdido. 
Comprendí que era un imbécil a pesar de toda mi sabiduría. 
¡Pero  lo más  terrible  fue que  la  fuerza mágica  consiguió  lo que  yo me  había propuesto!
¡Sintióse aquella vieja enamorada de mí!
Entonces huí. 
La vieja se puso a perseguirme, y llenándome de insultos:
"¡Ah,   ingrato!" me dijo.  "¿Para qué has querido turbar mi  sosiego? ¿Por qué,  al conseguir
mi  amor,   huyes de mí, de  tu Naí-na,   y me desprecias?  ¡Ay,   así  son  todos  los  hombres!
 
¡Traidores todos! ¡Infeliz de mí!... ¡Pero me vengaré de ti, vil seductor, déspota y raptor de
doncellas inocentes!"
Así  nos  despedimos.  Desde  entonces  vivo  aquí  en  la  mayor  soledad,  con  el  alma
destrozada.  La  naturaleza,  la  sabiduría  y  la  tranquilidad  constituyen  el  consuelo  de  este
anciano que miras ahora, y a quien espera ya la tumba. 
Pero la llama de amor de la vieja se ha convertido en terrible odio. En su alma anida la más
negra maldad,  y, sin duda alguna, la vieja bruja habrá de odiarte a ti también...  Por fortuna, 
los pesares no son eternos en este mundo nuestro. 
 
 
El  guerrero  había  escuchado  ávidamente  las palabras del  anciano,  sin  cerrar  los ojos,  sin
sentir deseos de dormir; y, meditando y reflexionando, no se dio cuenta de cómo transcurría
la noche. 
Empezó a clarear el nuevo día... 
Suspirando, el agradecido mancebo se despidió del anciano dándole un fuerte abrazo. 
Su alma estaba llena de esperanza. 
Salió de la cueva y, espoleando a su caballo adormecido,  y enderezándose en la silla,  lanzó
un silbido y gritó al hechicero:
—¡No me abandones, padre!
Y se lanzó el campo. 
—¡Buen  viaje!  —le  contestó  el  viejo—.   ¡Adiós!  ¡Quiere  a  tu  esposa  y  no  olvides  los
consejos de este anciano!
 
CANTO SEGUNDO


ООВГ - ΣΔΜΑ